LA TORTURA: un rayo que no cesa en la España de hoy (Una trilogía escrita hace años y por desgracia en plena actualidad)
      es un texto del miembro de la RED VASCA ROJA Oriol Martí fechado en enero del año 2002.


      Conferencia en la Casa de la Caridad, de Barcelona, el día 3-12-92, con motivo de la presentación de una campaña contra la tortura


      LAS RAZONES DEL OTRO

      Sería fácil en un acto de presentación de una campaña contra la tortura, hablar sobre la perversidad de los torturadores y suponernos, nosotros que no torturamos, ni hemos torturado jamás, poseedores de una ética y de una calidad humana superiores. Ellos serían los malvados, nosotros, las víctimas, o los que luchamos en nombre de la razón contra tanta barbarie, seríamos los buenos y saldríamos santificados del acto de hoy, como aquellos que habiendo ido a misa el domingo, van después a comprar el pastel de postre.

      Obviamente, no será este el estilo de esta comunicación, la cual, sin ánimo de resultar desagradable, ha sido escrita como una invitación a forzarnos a pensar que, a la corta o a la larga, es el único ejercicio que salva al ser humano.

      En una carta escrita el 1844 por Marx a Ruge, le decía:

      "Quizá no es nuestra misión crear un plan para el futuro que nos sirva para siempre; pero mucho mayor es la certeza de que lo que hemos de hacer es una valoración crítica e intransigente de todo lo existente, intransigente en el sentido que nuestra crítica no teme ni a sus propios resultados, ni a chocar con las autoridades constituidas."

      Pero esto no es todo: un colega mío: Norman Bethune, cirujano canadiense, voluntario en las Brigadas Internacionales, comunista e internacionalista por más señas, muerto en China, cuando era destruida por los invasores japoneses, decía:

      "Debemos ser despiadados en la crítica y pegar fuerte cuando se trate de vanidades personales, sin ningún miramiento por la edad, la jerarquía o la experiencia... La validez de la teoría ha de ser probada por su aplicación práctica".

      Estas citas, vienen como anillo al dedo para señalar que el camino del victimismo a la hora de la interpretación del fenómeno de la tortura no conduce a parte alguna, más bien facilita su práctica. Critiquemos, pues, el orden existente y seamos despiadados con nosotros mismos. Procuraré responder en las líneas que vendrán, cuales pueden ser las razones que podrían convertirnos en torturadores, porque la capacidad para torturar está en nosotros como la de convertirnos en artistas, poetas o deportistas, es una capacidad humana, y de la misma forma que adquirimos la capacidad de ser lo que somos, también podríamos llegar a ser, caso que las condiciones se diesen, unos magníficos torturadores.

      Sólo mirándonos hacia dentro y comprendiéndolo podemos erradicar algún día esta práctica humana, la lógica de la cual se inserta -aunque algunos digan que Lenin está pasado de moda- en la lógica del poder, de su mantenimiento y de la coerción necesaria para ejercerlo.

      Herbert Marcuse, en uno de sus textos clásicos, decía que hoy la dominación se perpetua y amplía en la sociedad, no solo gracias a la tecnología, sino como tecnología; la dominación se convierte en tecnología por si misma, lo cual implica que, en la medida en la que interioricemos en la vida cotidiana las tecnologías que nos rodean, interioricemos, también, la dominación.

      Suponer como supone la socialdemocracia y sus derivaciones, la más aberrante de las cuales sería aquella que, en su momento, recibió el nombre de eurocomunismo, que los sistemas de democracia representativa y parlamentaria no necesitan ejercer la coerción, es decir, la violencia, y que son suficientes los juegos parlamentarios, el juego de mayorías y minorías, el consenso y el debate, es una falacia. Las sociedades con democracia representativa, necesitan de elevadísimas dosis de violencia, con el fin de sostener el estado de cosas existente: 8 millones de pobres, desertización, alienación, en una palabra, SUFRIMIENTO HUMANO, DEMASIADO SUFRIMIENTO, que no se puede aliviar, anestesiándose mirando en la revista Hola, la casa del ministro Boyer. La tortura es, pues, una técnica auxiliar para mantener el estado actual de cosas existente, lo que no quiere decir que sea una técnica secundaria: se echa mano de ella en función de las condiciones políticas. Deberíamos preguntarnos cuales deben ser esas condiciones, a escala del Estado Español, para que la tortura siga siendo un instrumento imprescindible a manos del Estado para mantener el poder.

      El psiquiatra italiano, Giovanni Jervis, del que extraigo estas ideas, señala que desde la guerra de Argelia y la del Vietnam, la tortura es una tecnología fundada en la ciencia, que va desde la información hasta el control global del comportamiento de los colectivos y de cada uno de los individuos. La conexión que hace esto posible es, precisamente, la tortura, la cual ha ido mejorando, desde la tortura más grosera hasta la tortura fina que no deja señales visibles.

      La pretensión de la tortura es conseguir que la persona torturada colabore en aquello que los que tienen el poder quieren, a partir del agotamiento físico, psíquico y, particularmente, la destrucción de la propia imagen, dando lugar a seres dañados que a corto, medio y largo plazo, presenten trastornos físicos y psíquicos que les incapacite para cuestionar el poder, adoptando una actitud pasiva frente al mismo y, lo que es peor, colaborando de forma gustosa a su sostenimiento.

      Para que eso sea posible es necesario, de la misma forma que la división del trabajo nos provee de tan variados oficios, que emerja uno muy antiguo y al tiempo nuevo: el de torturador.

      Si cada uno de nosotros se examina a sí mismo y procura comprender como ha llegado a ser lo que es, es decir, a practicar el oficio que tiene, y lo examina con cierta añoranza, podrá entender perfectamente cual es el camino personal que han hecho estos profesionales, la ocupación de los cuales consiste en aplicar una técnica orientada a mantener una determinada estructura de poder de clase.

      Freud, en sus Consideraciones sobre la guerra y la muerte, dice estas terribles y tan actuales palabras:

      "No ha de sorprendernos que el relajamiento de las relaciones morales entre los pueblos haya repercutido en la moralidad de cada individuo, pues nuestra consciencia no es el juez incorruptible que nuestros moralistas suponen, es tan solo en su origen, la expresión de una angustia social, ninguna otra cosa. Allí donde una comunidad se abstiene de todo reproche, cesa la represión de los malos impulsos y los hombres cometen actos de crueldad, de malicia, de traición y brutalidad, la posibilidad de los cuales se habría pensado incompatible con su nivel cultural".

      Probablemente, el padre de un conocido torturador del régimen de los coroneles en Grecia, no había leído a Freud, pero cuando juzgaban a su hijo, atónito por las atrocidades que escuchaba, pronunció unas palabras, que suenan paralelas a las del fundador del Psicoanálisis:

      "Somos una familia pobre, yo, su padre, soy un campesino, y ahora le veo aquí como un torturador. Pido al tribunal que considere como puede ser que un muchacho, al que todos admiraban, se transformó en un torturador que destruyó moralmente mi familia y mi casa".

      Sea como sea, no hemos de caer en el lloriqueo de algunos pacifistas, los cuales poseídos de la mala conciencia producida por lecturas poco digeridas de Passolini, exculpan a los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado, de cualquier responsabilidad, incluso afirman que, los que combatimos este estado de cosas, en el fondo, ya merecemos lo que nos pasa. Para ser un torturador, no es necesario ser únicamente un paria, es necesario también tener particulares disposiciones, insertas en el psiquismo, en la propia historia, que son el terreno abonado para que nazca un torturador, como son necesarias otras disposiciones para ser pianista, cirujano o basurero. Es el Estado que, de la misma forma que planifica cuantos médicos, asistentes sociales, electricistas se podrán necesitar, facilita que determinados individuos, con un perfil de personalidad muy particular, puedan hallar su lugar bajo el sol primero aprendiendo y después realizando el noble oficio de torturador. El Estado, es que él da salida para que este proceso sea reglado, legalizado y, en una palabra, normalizado, el torturador es un servidor público, el trabajo del cual sería como la del recaudador de impuestos o un enterrador, un trabajo necesario, aunque desagradable.

      Todos los textos de psicología y psiquiatría, que nos hablan del perfil psicológico de los torturadores, no nos los muestran distintos a las patologías más habituales: unos con neurosis más o menos graves, efectúan la tortura, es decir su trabajo, intentando disociarla de su vida personal: es el saludable mecanismo de la distancia, que requiere todo profesional que trabaja con seres humanos. Pero no son esos los que más abundan: se da la paradoja que las personas que tienen más problemas en asumir la Ley, desde el punto de vista del orden simbólico, son carne abonada para convertirse en unos magníficos torturadores. Es la paradoja de La Naranja Mecánica: si queremos repartir leña sin ser castigados, nada mejor que apuntarse allá donde se puede repartir siendo premiado en lugar de ser castigado; el acto es el mismo, lo que varía es la legalidad bajo la que se ampara. Es aquí cuando aparece la estructura perversa del torturador.

      Y hablando de la perversión, este oficio confiere a quien lo practica una extraña y peligrosa seguridad, producto de la sensación de omnipotencia que resulta del ir armado y poder hacer daño impunemente. Esta omnipotencia, es la prueba más evidente de la debilidad psíquica de estos profesionales. Valga como ejemplo, el horror que nos ha producido como un miembro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado se cargaba una dominicana por el simple hecho de que era negra... ¿Por qué no hacerlo?

      El drama para estos trabajadores del Estado de Derecho, es que no escapan a las consecuencias que todo trabajo tiene para la salud. Quien practica este oficio, se deforma profesionalmente, de la misma manera que las monjas contemplativas tienen las rodillas destrozadas de tanto rezar, los trabajadores de la industria química sufren cáncer, o lo que trabajan en pantallas de ordenador, problemas visuales. La diferencia estriba en que, quien practica cualquiera de estos tres oficios, no llega al grado de daño mental al que llegan los torturadores. Franz Fanon, psiquiatra y militante revolucionario, que participó en la Guerra de Argelia, escribía con relación a esa forma de degradación psíquica en Los condenados de la Tierra:

      "El verdugo que ama los pajaritos y disfruta plácidamente de una sinfonía o de una sonata... Esto no es más que una etapa, más adelante, no hay más que una existencia, la cual, se inscribe totalmente en el plano del sadismo más radical y absoluto."

      Fanon pone como ejemplo a un torturador que va a su consulta, porque no solamente tortura patriotas argelinos, sino que un buen día se encuentra torturando a su señora... Y cuando Fanon le pregunta cuantas horas trabaja, le dice que unas 10 horas diarias. Al preguntarle que se siente al torturar, le responde: "cansa...".

      Se habla de la reconciliación, tan necesaria para hacer posible la vida en una sociedad democrática. Hace exactamente 10 años, la semana del 19 al 25 de noviembre del año 1982, el sociólogo madrileño, afincado en Navarra, Justo de la Cueva, escribía un artículo titulado: Un test para el PSOE: la tortura, del que extraigo algún párrafo:

      "¿Qué va a hacer el PSOE frente al hecho de la tortura? Podría hacer muchas cosas si pudiera, si quisiera poder, por ejemplo:

      1ª. Usar sus 200 votos largos en el congreso para aprobar el primer día de su mandato una breve ley que dijera: artículo único: "queda derogada la Ley Antiterrorista. La presente ley entrará en vigor al día siguiente de su publicación en el BOE".

      2ª. Enviar un telegrama urgente a todas las comisarias y cuartelillos de la guardia civil, desde el Palacio de la Moncloa, una vez tomada posesión, firmado por el Presidente del Gobierno, diciendo: recuérdole que la Constitución española vigente prohibe expresamente la tortura y los tratos degradantes. Responsabilízolo personalmente de cualquier incumplimiento de este mandato constitucional.

      3ª. Abrir una línea telefónica "caliente" para que en todo momento y en toda hora los torturados, o sus vecinos o familiares, pudieran denunciar torturas con la seguridad que inmediatamente se investigarían.

      4ª. Sin esperar a tramitar las imprescindibles leyes que garanticen la asistencia letrada a todo detenido, recursos de habeas corpus y demás que protejan los derechos humanos elementales dictar, por la vía ejecutiva, instrucciones severas, rígidas y detalladas a fiscales, gobernadores y todo tipo de autoridades advirtiendo de que se exigirán implacablemente responsabilidades a cualquiera que viole los Derechos Humanos. …..

      Si el PSOE hiciera esto no estaría haciendo la revolución socialista estaría nada más, pero, nada menos, que empezando a convertir el Estado español en democrático, simplemente democrático, no socialista, sólo democrático.

      Podría hacerlo, todo lo anterior está dentro de sus teóricos poderes y de sus teóricas atribuciones, como gobierno respaldado por millones de votos, con mayoría absoluta en congreso y senado... No lo hará".

      Diez años después, no solo no lo ha hecho, sino que en diversos lugares de cuyo nombre no quiero acordarme, jóvenes no excesivamente bien estructurados psíquicamente, han recibido una pistola, se les ha dado derecho a pernada para practicar la violencia, y lenta e inexorablemente han aprendido, siguiendo las experiencias de Milgram, a ser buenos torturadores. No es una cuestión de anteriores generaciones, los actuales torturadores se han educado bajo el amparo del Estado social y democrático de derecho. El autor de estas líneas, que ha pasado ya dos veces por esta amarga experiencia, la primera vez, antes que la constitución nos iluminara con la luz que borra el pasado y ahora, hace pocos meses, ha de confesar que ciertamente ha habido un gran progreso en sentido positivo. Los torturadores torturan mejor ahora que 20 años atrás: han mejorado en técnicas, dejan menos marcas, hacen sufrir más y mejor en menos horas. Los torturadores del franquismo eran unos alocados, los de ahora lo hacen con bolsa de plástico.

      La tortura es la gangrena de la democracia, porque pervierte la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, porque crea inseguridad de unos respecto a los que se saben impunes. Recordemos: los crímenes no aclarados del Gal, el asesinato en su consulta de Santiago Brouard, el caso Nani, las detenciones masivas donde haya un poco de agitación social... y, entretanto, miles de pequeños delincuentes torturados día tras día, por profesionales que después del franquismo se han puesto al día, con el fin de hacer bien su trabajo; de esos infelices nadie habla. Se impone volver a formular la pregunta que hacíamos al principio: ¿Qué debe estar pasando en la España contemporánea para que la tortura sea necesaria? Porque, tengámoslo claro, si no les fuera necesaria no la utilizarían.

      Quiero también alertar, y sé que aquí molestaré a muchos, que, en el supuesto más o menos próximo o lejano de una Cataluña independiente, la existencia del oficio de torturador no desaparecerá porque el catalán tengamos alguna característica que nos haga distintos de los demás seres humanos. Bien al contrario, en la medida en que la estructura de clases y de poder fuera la misma que hay ahora, disfrazada de independiente, y contentos nos entregásemos, sin pasar por Madrid, al Fondo Monetario Internacional, también saldrían -si no los hay ya, que estoy seguro que hay- unos magníficos torturadores que torturarían a los que quieren otro estado de cosas, en el catalán de Carles Riba. Prestemos atención a las narraciones espantosas que las presas de la calle Wad Ras explicaban, con relación a cómo las vienen tratando los Cuerpos de Seguridad que dependen de la Generalitat de Catalunya.

      Acabar con la tortura, quiere decir luchar por la profundización de la democracia, que se funde en la participación y no únicamente en la votación; quiere decir acabar con una forma de Estado y de Gobierno, que en lugar de mejorar el número de sanitarios por mil habitantes, únicamente se preocupa por aumentar el número de miembros de los aparatos represivos. Acabar con la tortura quiere decir que nos comprometemos a luchar para que se extinga un oficio y una práctica desde todo punto indeseable. Los seres humanos hemos creado oficios y hemos hecho desaparecer otros, por ejemplo: ahora nadie es inquisidor, traficante de esclavos en Europa, o verdugo, allí donde las fuerzas democráticas han abolido la pena de muerte. Abolir la tortura es tan posible como fue en algún momento de la historia humana abolir el canibalismo.

      Javier Sádaba, hablando de cómo esta abolición es posible, decía:

      "La tortura es un mal central y no se puede ser condescendiente con él nunca. Es un síntoma y como todo síntoma, ha de remitirnos a sus orígenes (en nuestro caso es la misma situación institucional, por enmascarada que esté de socialismo). Y es un mal que puede darse y se da a derechas e izquierdas. En el Estado y entre aquellos que llamándose antiestado, parecen no hacer sino afilar sus armas para repetir, en un ciclo miserable, lo que con ellos hicieron. La tortura no es algo periférico, sino las señas mismas de identidad de un orden que se llama a sí mismo orden establecido, el menor de los males posibles, o el precio de una sociedad en libertad, y entonces hay que colocarla a la vista, descifrar su violencia y complicidad y no engañar diciendo que es un momento extraño o una calamidad pasajera".

      Y es a esta tarea a la que os convocamos: sólo si examinamos aquello de siniestro que hay en nosotros, podremos entender y abolir aquello de siniestro que hay en nosotros y en los demás. Y no habrá nunca más tortura. Y si alguien no cree que eso sea posible vale la pena recordar las palabras de Louis Aragon, el cual en plena ofensiva nazi, dijo:

      "Vendrá un día de color de naranja, un día de palmas, de hojas verdes al fondo, un día de espaldas desnudas, donde la gente se amará, un día que sonará como el pájaro desde la más alta rama..."

      Oriol Martí


      CARTA ABIERTA AL MUY ILUSTRÍSIMO SR. FERRAN CARDENAL, DIRECTOR GENERAL DE LA GUARDIA CIVIL Y EX GOBERNADOR DE LA PROVINCIA DE BARCELONA

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